domingo, 29 de julio de 2012

“Tú tienes el reloj, yo tengo el tiempo”

Entrevista realizada por Víctor M. Amela publicada en enero del 2010 en el periódico español El País.



Los hombres empiezan a llevar los velos teñidos de índigo, tidjelmousts, a la edad de 25  años. Éste oculta su cara entera, salvo sus ojos.



No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, sin papeles...!
Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali. He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre. Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg. Soy musulmán, sin fanatismo.

- ¡Qué turbante tan hermoso...! 
- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a su través.

- Es de un azul bellísimo... 
- A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...

- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil? 
- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales. El azul, para los tuareg, es el color del mundo.

- ¿Por qué? 
- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.

- ¿Quiénes son los tuareg? 
- Tuareg significa "abandonados", porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman. Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.

- ¿Cuántos son? 
- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio: yo lucho por preservar este pueblo.

- ¿A qué se dedican? 
- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...

- ¿De verdad tan silencioso es el desierto? 
- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.

- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez? 
- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba... Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo. ¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!

- ¿Sí? No parece muy estimulante… 
- Mucho. A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.

- Saber eso es valioso, sin duda... 
- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!

- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no? 
- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!



- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa? 
- Ví correr a la gente por el aeropuerto… ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro... 

- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja... 
- Sí, era eso. También ví carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté... Después, en el hotel Ibis, ví el primer grifo de mi vida: ví correr el agua... y sentí ganas de llorar. 

- Qué abundancia, qué derroche, ¿no? 
- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua! Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso... 

- ¿Tanto como eso? 
- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos... Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo. 

- ¿Qué pasó con su familia? 
- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela. Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa... Entendí: mi madre estaba ayudándome... 

- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela? 
- De que un par de años antes había pasado por el campamento el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila. Lo recogí y se lo di.. Me lo regaló y me habló de aquel libro: El Principito. Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo... 

- Y lo logró. 
- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia. 

- ¡Un tuareg en la universidad…! 
- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra... Aquí, por la noche, miráis la tele. 

- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí? 
- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose! Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa... En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie! 

- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto. 
- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde... 

- Fascinante, desde luego... 
- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor... 

- Qué paz... 
- Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo. 

lunes, 2 de mayo de 2011

DAR GRACIAS, EL MEJOR COMIENZO

Por: Róbinson Úsuga

Juan Pablo Polanco, pastor y líder político, me invitó a su iglesia en la Semana Santa. Lo hizo, después de decirle que yo quería ser pastor: tal como él lo era. Y allí estuve el jueves santo, en su iglesia. Y allí me recibió él, con un fuerte abrazo, un apretón de manos y un pequeño libro.

El pequeño libro eran en realidad dos libros en uno: La Gratitud (Cómo cultivar un corazón agradecido), y El Perdón (Cómo liberarse de la amargura y el dolor), ambos de la misma autora  Nancy Leigh DeMoss.

Rara vez desprecio este tipo de literatura y comencé a leerlo desde que llegué a casa, acompañado de la tranquila llama de una vela. Al día siguiente seguí con mi lectura. Fue lo primero que hice antes del desayuno. Definitivamente había sido un buen libro: un buen bocado para empezar el día.

El tema del perdón, mencionado en el segundo libro, es de alguna manera el que mejor domino: toda la vida he tenido que aprender a perdonar. Y cuando años atrás tuve a mi cargo un par de grupos de oración, era un tema recurrente en las cosas que yo hablaba: perdonemos, para quitarnos un peso de encima.

Pero el libro que más me gustó fue el que hablaba de la gratitud, y sus enseñanzas son el motivo principal de este escrito.

Nancy Leigh empieza hablándonos de Frances Jane Crosby, una mujer que quedó ciega a muy corta edad por causa de un error médico. Pero esto no produjo que su vida fuera amarga y llena de autocompasión. Al contrario de esto, Fanny Crosby agradecía a Dios por el designio de haber permitido que ella fuera ciega durante toda su vida. Ni si quiera tenía en su corazón algún tipo de resentimiento contra el médico que destruyó su visión. Algo que deja claro en su autobiografía: “Si lo conociese hoy, le daría las gracias una y otra vez por haberme dejado ciega”.

Fanny era poetiza, y explica su gratitud porque “no habría podido escribir miles de himnos si me hubiera distraído con los miles de objetos bellos e interesantes que seguramente hubiese tenido la oportunidad de ver”.



Fanny escribió su primer poema a la edad de ocho años. Y allí refleja la perspectiva que mantuvo hasta su muerte, a los 95 años:

¡Oh, qué feliz niña soy,
Aunque no pueda ver!
He resuelto que en este mundo,
Contenta viviré.
¡Cuántas bendiciones disfruto,
que otros no pueden tener!
Así que llorar, y lamentarme por ser ciega
No puedo ¡Y nunca lo haré!

Esta forma de afrontar la vida es algo extraña para muchos. Quizá un poco más extraña para quienes ven en la vida sólo un cúmulo de motivos para quejarse: por la falta de dinero, porque se es obeso, o por la falta de suerte, entre tantas miles que podrían haber. Es como si desde la infancia nos hubiesen enseñado a mortificarnos por nuestras carencias.  En un mundo que no sabe cómo ser agradecido, los poemas de gratitud de Fanny parece algo demasiado extraño.

Hay quienes dicen que no debes salir de casa sin dinero, porque en nuestros días el dinero puede comprarlo todo. Pero rara vez nos invitan a no salir de casa, o permanecer en ella, sin una actitud agradecida. La gratitud es un tema poco popular en los noticieros de televisión, en las canciones de la radio, en el cine y las noticias de prensa.

Para nosotros mismos el tema de la gratitud es poco popular. Quizá agradecemos poco porque no nos percatamos lo suficiente de las magníficas cosas que tenemos. En cambio, parece que las cosas que no tenemos arrebatan toda nuestra atención. Vivimos obsesionados, con el afán de conseguir lo que aún no tenemos. Y es posible que esa obsesión por lo que no tenemos nos impida valorar y disfrutar al máximo las cosas que ya están a nuestro alcance. Aquello que ya nos pertenece.

La fórmula es sencilla: si no estamos agradecidos con lo que tenemos, de seguro estamos inconformes y quejumbrosos por aquello que no tenemos. Entonces ¿por qué no tenemos una actitud agradecida? Te quejas o valoras lo que tienes.

Tal parece que la falta de gratitud es el origen de algunos de nuestros males. Porque un corazón agradecido es un corazón abundante, y un corazón desagradecido es un corazón vacío y amargo. La abundancia de la vida llega de continuo sobre lo que es abundante, y la amargura de la vida se derrama sobre el abismo de lo que es amargo.   

“La persona agradecida es humilde, mientras que la desagradecida revela un corazón lleno de orgullo”, destaca Nancy Leigh en su libro. “Un corazón agradecido es un corazón pleno, mientras que un corazón desagradecido está vacío”.  

Seguidamente dice que la “persona agradecida se siente muy indigna y, por lo tanto, cree que tiene más de lo que realmente merece” …mientras que… “la persona desagradecida, por el contrario, siente que merece más de lo que tiene”. Y esa es una diferencia de grandes proporciones.

“Hoy en día, aún me acuerdo de la respuesta que daba mi padre cuando le preguntaban cómo estaba: ¡Mejor de lo que merezco!”.

En la página 18 de mi pequeño libro, Nancy dice unas hermosas y categóricas palabras: “Aún teniendo mucho menos que los demás, las personas agradecidas disfrutan de un sentido de plenitud; pero si las personas no son agradecidas, poco importa lo que tengan, siempre vivirían con un vacío tortuoso en el corazón. Yo me imagino un corazón desagradecido como un recipiente con un agujero por el cual se salen todas las bendiciones. La persona agradecida tiene una capacidad ilimitada para disfrutar las bendiciones que Dios le imparte, mientras que la que no lo es, no puede disfrutar de las que tiene”.  



Esta mañana, mientras tomaba un jugo de mora, estuve agradeciendo a Dios por mi paladar. Porque podía saborear aquel sabor a mora de mi jugo. Luego, mientras sentía el tibio sol de la mañana, se me ocurrió que rara vez agradezco al cielo por mi piel, porque puedo disfrutar de las sensaciones que me brinda.

Y es que es así de fácil: nuestra vida está llena de millones de cosas pequeñas por las cuáles podemos agradecer todo el tiempo. Y de seguro esa constante gratitud atraería más cosas buenas nuestra vida.  

Yo quiero bendiciones para ti, y por eso te invito a que des gracias, a través de estos cinco pasos.

1. Cierra los ojos en un lugar en solitario, y medita sobre todas esas cosas que tienes, que son pequeñas y magníficas, y por las cuales hasta ahora no has dado nunca gracias.

2. Piensa en personas que te hayan hecho algún tipo de daño, y dale gracias a Dios por ellas, porque ellas no vivieron lo que tú viviste, y para que con ese acto disipes de tu corazón toda sombra de desenfado.

3. Dale gracias a Dios por las cosas que aún no comprendes. Porque somos conscientes de que la inteligencia y el conocimiento no son siempre motivos de un corazón alegre.

4. Llame o visite a un indeterminado número de personas y expréseles su gratitud por las cosas que han aportado a su vida.

5. Agradezca a Dios por cada uno de los miembros de su familia y por lo incierto del futuro.

Mira el cielo. Es azul ¡y tan agradable a la vista! No conozco a nadie que no guste de los días azules. Y cuando no son azules, los cielos son grises. En Medellín hemos tenido que acostumbrarnos a los cielos grises y a las lluvias. Todos los días llueve. Antes odiaba los días lluviosos, y ahora doy gracias por ellos. Y se siente realmente distinto. Realmente bien. Definitivamente dar gracias, es un buen comienzo.