lunes, 2 de mayo de 2011

DAR GRACIAS, EL MEJOR COMIENZO

Por: Róbinson Úsuga

Juan Pablo Polanco, pastor y líder político, me invitó a su iglesia en la Semana Santa. Lo hizo, después de decirle que yo quería ser pastor: tal como él lo era. Y allí estuve el jueves santo, en su iglesia. Y allí me recibió él, con un fuerte abrazo, un apretón de manos y un pequeño libro.

El pequeño libro eran en realidad dos libros en uno: La Gratitud (Cómo cultivar un corazón agradecido), y El Perdón (Cómo liberarse de la amargura y el dolor), ambos de la misma autora  Nancy Leigh DeMoss.

Rara vez desprecio este tipo de literatura y comencé a leerlo desde que llegué a casa, acompañado de la tranquila llama de una vela. Al día siguiente seguí con mi lectura. Fue lo primero que hice antes del desayuno. Definitivamente había sido un buen libro: un buen bocado para empezar el día.

El tema del perdón, mencionado en el segundo libro, es de alguna manera el que mejor domino: toda la vida he tenido que aprender a perdonar. Y cuando años atrás tuve a mi cargo un par de grupos de oración, era un tema recurrente en las cosas que yo hablaba: perdonemos, para quitarnos un peso de encima.

Pero el libro que más me gustó fue el que hablaba de la gratitud, y sus enseñanzas son el motivo principal de este escrito.

Nancy Leigh empieza hablándonos de Frances Jane Crosby, una mujer que quedó ciega a muy corta edad por causa de un error médico. Pero esto no produjo que su vida fuera amarga y llena de autocompasión. Al contrario de esto, Fanny Crosby agradecía a Dios por el designio de haber permitido que ella fuera ciega durante toda su vida. Ni si quiera tenía en su corazón algún tipo de resentimiento contra el médico que destruyó su visión. Algo que deja claro en su autobiografía: “Si lo conociese hoy, le daría las gracias una y otra vez por haberme dejado ciega”.

Fanny era poetiza, y explica su gratitud porque “no habría podido escribir miles de himnos si me hubiera distraído con los miles de objetos bellos e interesantes que seguramente hubiese tenido la oportunidad de ver”.



Fanny escribió su primer poema a la edad de ocho años. Y allí refleja la perspectiva que mantuvo hasta su muerte, a los 95 años:

¡Oh, qué feliz niña soy,
Aunque no pueda ver!
He resuelto que en este mundo,
Contenta viviré.
¡Cuántas bendiciones disfruto,
que otros no pueden tener!
Así que llorar, y lamentarme por ser ciega
No puedo ¡Y nunca lo haré!

Esta forma de afrontar la vida es algo extraña para muchos. Quizá un poco más extraña para quienes ven en la vida sólo un cúmulo de motivos para quejarse: por la falta de dinero, porque se es obeso, o por la falta de suerte, entre tantas miles que podrían haber. Es como si desde la infancia nos hubiesen enseñado a mortificarnos por nuestras carencias.  En un mundo que no sabe cómo ser agradecido, los poemas de gratitud de Fanny parece algo demasiado extraño.

Hay quienes dicen que no debes salir de casa sin dinero, porque en nuestros días el dinero puede comprarlo todo. Pero rara vez nos invitan a no salir de casa, o permanecer en ella, sin una actitud agradecida. La gratitud es un tema poco popular en los noticieros de televisión, en las canciones de la radio, en el cine y las noticias de prensa.

Para nosotros mismos el tema de la gratitud es poco popular. Quizá agradecemos poco porque no nos percatamos lo suficiente de las magníficas cosas que tenemos. En cambio, parece que las cosas que no tenemos arrebatan toda nuestra atención. Vivimos obsesionados, con el afán de conseguir lo que aún no tenemos. Y es posible que esa obsesión por lo que no tenemos nos impida valorar y disfrutar al máximo las cosas que ya están a nuestro alcance. Aquello que ya nos pertenece.

La fórmula es sencilla: si no estamos agradecidos con lo que tenemos, de seguro estamos inconformes y quejumbrosos por aquello que no tenemos. Entonces ¿por qué no tenemos una actitud agradecida? Te quejas o valoras lo que tienes.

Tal parece que la falta de gratitud es el origen de algunos de nuestros males. Porque un corazón agradecido es un corazón abundante, y un corazón desagradecido es un corazón vacío y amargo. La abundancia de la vida llega de continuo sobre lo que es abundante, y la amargura de la vida se derrama sobre el abismo de lo que es amargo.   

“La persona agradecida es humilde, mientras que la desagradecida revela un corazón lleno de orgullo”, destaca Nancy Leigh en su libro. “Un corazón agradecido es un corazón pleno, mientras que un corazón desagradecido está vacío”.  

Seguidamente dice que la “persona agradecida se siente muy indigna y, por lo tanto, cree que tiene más de lo que realmente merece” …mientras que… “la persona desagradecida, por el contrario, siente que merece más de lo que tiene”. Y esa es una diferencia de grandes proporciones.

“Hoy en día, aún me acuerdo de la respuesta que daba mi padre cuando le preguntaban cómo estaba: ¡Mejor de lo que merezco!”.

En la página 18 de mi pequeño libro, Nancy dice unas hermosas y categóricas palabras: “Aún teniendo mucho menos que los demás, las personas agradecidas disfrutan de un sentido de plenitud; pero si las personas no son agradecidas, poco importa lo que tengan, siempre vivirían con un vacío tortuoso en el corazón. Yo me imagino un corazón desagradecido como un recipiente con un agujero por el cual se salen todas las bendiciones. La persona agradecida tiene una capacidad ilimitada para disfrutar las bendiciones que Dios le imparte, mientras que la que no lo es, no puede disfrutar de las que tiene”.  



Esta mañana, mientras tomaba un jugo de mora, estuve agradeciendo a Dios por mi paladar. Porque podía saborear aquel sabor a mora de mi jugo. Luego, mientras sentía el tibio sol de la mañana, se me ocurrió que rara vez agradezco al cielo por mi piel, porque puedo disfrutar de las sensaciones que me brinda.

Y es que es así de fácil: nuestra vida está llena de millones de cosas pequeñas por las cuáles podemos agradecer todo el tiempo. Y de seguro esa constante gratitud atraería más cosas buenas nuestra vida.  

Yo quiero bendiciones para ti, y por eso te invito a que des gracias, a través de estos cinco pasos.

1. Cierra los ojos en un lugar en solitario, y medita sobre todas esas cosas que tienes, que son pequeñas y magníficas, y por las cuales hasta ahora no has dado nunca gracias.

2. Piensa en personas que te hayan hecho algún tipo de daño, y dale gracias a Dios por ellas, porque ellas no vivieron lo que tú viviste, y para que con ese acto disipes de tu corazón toda sombra de desenfado.

3. Dale gracias a Dios por las cosas que aún no comprendes. Porque somos conscientes de que la inteligencia y el conocimiento no son siempre motivos de un corazón alegre.

4. Llame o visite a un indeterminado número de personas y expréseles su gratitud por las cosas que han aportado a su vida.

5. Agradezca a Dios por cada uno de los miembros de su familia y por lo incierto del futuro.

Mira el cielo. Es azul ¡y tan agradable a la vista! No conozco a nadie que no guste de los días azules. Y cuando no son azules, los cielos son grises. En Medellín hemos tenido que acostumbrarnos a los cielos grises y a las lluvias. Todos los días llueve. Antes odiaba los días lluviosos, y ahora doy gracias por ellos. Y se siente realmente distinto. Realmente bien. Definitivamente dar gracias, es un buen comienzo.

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